Desde aquel balcón, desde aquel minúsculo balcón, se mostraba a un mundo de pensamientos.
No era la primera vez que su tristeza compartía tiempo y espacio, concentrado, pasivo y ahuyentado de todo aquello que antes había considerado como parte de su vida. Señalando con la mirada, cientos de coches pasar, miles de personas deambular, discerniendo sobre qué es lo que podía resolver, qué podía corregir...
Desde aquel minúsculo balcón, la sombra de su realidad se hacía cada vez más evidente. No existía el tiempo, si bien la noche y el día formaban parte de su misma compañía, una pintura que cubría una percepción menos inquieta de lo que su mente asumía como la realidad de la vida; pinceladas de color sobre sus ojos, para descubrir que aún cuando las cosas no van bien, las vidas de los otros permanecen ahí, surcadas por la flecha imparable del tiempo.
A cada calada de aquel cigarro, su respiración se hacía más y más compleja, es como si no denotase la verdad de que no puede ser lo que no es, de que todo está hecho de la misma tela de conformismo y evasión, de que las almas errantes de los que no profieren sus sentimientos, esconden la fuerza del "...a partir de hoy todo cambiará..."
¡No es esa una verdad! Eso no es más que una búsqueda por la puerta de atrás a algo que no abre una puerta al destino.
No conocía el nombre del futuro, no sabía de su forma, ni de su aspecto; intentaba dibujarlo en su mente como lo hacen los niños sobre papel y con muchos colores, pero cada vez esa forma era más compleja, más lineal, más terrible... Mirando a sus manos, descubrió que estaban tan vacías como solas, que sus pies permanecían tan inmóviles como aquella cornisa de la cual sus ojos describían hacia su mente y era entonces cuando esa sensación le hacía darse cuenta de que los coches no se movían, que las gentes no aparecían, que el día y la noche no hacían acto de presencia.
Fue entonces cuando comprendió que su soledad era fruto de su necesidad de estar sólo, que ese pequeño balcón era la proyección de su búsqueda, de su ventana particular hacia lo que no tenía, hacia lo que necesitaba, pero sobretodo, hacia lo que realmente dañaba su alma, su mente y su cuerpo. Fue entonces cuando descubrió que nada había tan oscuro como él mismo.
Y en ese momento, miró a sus manos y vio que el tiempo le había consumido, que su vida ya no necesitaba buscar una realidad que nunca se presentaría, una negación que nunca surgiría, una proyección sobre ese balcón que no reflejaba más que un ser atormentado por su presente, pero sin conocimiento de su futuro.
En ese preciso instante, sus pies se movieron de ese balcón y sus ojos, lentamente, se alejaron de una visión lejana de una realidad que siempre había captado desde su propia mente. Su cigarro se apagó y aspiró la realidad de todo lo nuevo, la esencia de una vida desconocida, algo que bifurcaba una nueva teoría que su mente se apresuraba a entender.
Poco a poco logró salir de ese balcón y entrar en su casa, entrar en lo suyo sin más. La ayuda de su voluntad le describió un nuevo camino, una nueva senda hacia ese futuro del que se negaba a discernir. Su espejo volvió a hablar entonces. "...ese soy yo ahora, no se si quiero seguir siendo así..." Palabras que se clavaban en una mente hermética, palabras que picoteaban una realidad cerrada a cien llaves pero que como todo, nunca pudo ser seguro. Y allí postrado hacia una forma de realidad creada por él, se dio cuenta de que había fracasado, que todo había sido una ilusión creada por él y para él.
El dolor fue tal, que sólo sus ojos pudieron recrear la necesidad de sentir. Allí, desnudo frente a su verdad, nació un nuevo espíritu, una nueva alma, un nuevo yo, que se preguntaba constantemente "...ese soy yo ahora, no se si quiero seguir siendo así...", momento tras momento, pregunta tras pregunta, reproche tras reproche.
Sus manos se cerraron tan fuerte que todo el dolor se concentró en ellas, ese poder que nunca antes se puede sentir, salvo que tu alma esté rota; se unió entre sus dedos para no desear nada, para no ahuyentar ningún fantasma que asustase a su razón. No esperaba más que sentir y sentir tan fuerte como pudiera.
Allí fue cuando se dio cuenta de que lo que le faltaba, lo que había rechazado antaño, era lo más bonito y sencillo que le había pasado, que su realidad nunca había sido tan clara como precisa y que ese infinito burlón que desde ese pequeño balcón filmaba su existencia, no era más que una película cuyo guionista era una alma atormentada.
Vestido, salió a descubrir su nueva realidad, dejando atrás una idea que se había condensado en el espacio de su razón... "desde la otra calle, ¡qué pequeño se ve mi balcón!"