
Dentro de la contemplación de esos pensamientos filosóficos-morales, que cada uno de nosotros tenemos de tanto en cuando, me encontré el otro día diseccionando ciertos aspectos relacionados con la vida. La idea me sobrevino, después de meditar sobre como la vida juega con nosotros en innumerables ocasiones, no se bien si para enfrentarnos a una realidad tan tangible como absurda, la de "hemos venido aquí a vivir y no a vivirla".
Bien, no se yo si la vida es vivir o vivirla, quizás porque a veces, me niego a pensar que no puedo vivir (como algo personal por supuesto) y que es muy triste justificar la necesidad de creer que esto es como las escaleras mecánicas de un gran centro comercial, en línea recta y pasando por pisos.
También es una especie de engaño el entender que somos imitadores de una hipotética felicidad, que esta es el fruto de nuestros logros y glorias, no. La idea de no entender que determinadas sensaciones como el amor, el miedo, la pasión, la risa u otras, son respuestas a estímulos humanos, situaciones del todo físicas, pero que disponen de gran poder en el control de nuestras voluntades, hacen que sean meros planificadores del presente y que por supuesto, repercuten en el pasado y en nuestro futuro.
Por todo ello, es momento de entender que la vida es una percepción, que nuestra interacción hacia ella es mera representación de nuestros logros y miserias y por tanto, que hacemos en ella lo que nuestra voluntad proyecta. La suerte y la mala suerte no confluyen si no les ordenamos que aparezcan, por ello, el futuro se plantea en presente bajo una orden nuestra, un chasquido de dedos que determine que vamos o cómo vamos a hacer.
Somos ayudantes de una idea que desde que nacemos emerge con fuerza, vivir, sobrevivir y ser felices. Pero no obviemos que ser felices sólo depende de cómo percibamos tal felicidad y de cuan exigentes somos con ella.
Bien, no se yo si la vida es vivir o vivirla, quizás porque a veces, me niego a pensar que no puedo vivir (como algo personal por supuesto) y que es muy triste justificar la necesidad de creer que esto es como las escaleras mecánicas de un gran centro comercial, en línea recta y pasando por pisos.
También es una especie de engaño el entender que somos imitadores de una hipotética felicidad, que esta es el fruto de nuestros logros y glorias, no. La idea de no entender que determinadas sensaciones como el amor, el miedo, la pasión, la risa u otras, son respuestas a estímulos humanos, situaciones del todo físicas, pero que disponen de gran poder en el control de nuestras voluntades, hacen que sean meros planificadores del presente y que por supuesto, repercuten en el pasado y en nuestro futuro.
Por todo ello, es momento de entender que la vida es una percepción, que nuestra interacción hacia ella es mera representación de nuestros logros y miserias y por tanto, que hacemos en ella lo que nuestra voluntad proyecta. La suerte y la mala suerte no confluyen si no les ordenamos que aparezcan, por ello, el futuro se plantea en presente bajo una orden nuestra, un chasquido de dedos que determine que vamos o cómo vamos a hacer.
Somos ayudantes de una idea que desde que nacemos emerge con fuerza, vivir, sobrevivir y ser felices. Pero no obviemos que ser felices sólo depende de cómo percibamos tal felicidad y de cuan exigentes somos con ella.
