... La primera idea que le venía a la cabeza, cada vez que regresaba a Barcelona, era la sutilidad de su aire. El olor era el detonante para que su mente, navegara en busca de recuerdos breves y concisos. Tampoco antes se había aventurado a entender porqué siempre volvía allí, qué era el lastre invisible pero poderoso que le atraía, vez tras vez, a aquella ciudad mediterránea.
Lo cierto es que bajo su pesar, la vuelta siempre era un reconocimiento a que no podía estar sin ella, pero tampoco con ella. Cierto, Barcelona no era el problema, Barcelona era otro de los iconos que la representaba.
Siempre le quedaba su apartamento. Era minúsculo, ridículo, pero a su entrada el templo de los recuerdos lo hacía inmenso, tan grande como vacío, tan frío que de sus paredes el blanco se tornaba de un color impronunciable. Allí yacía, no melancólico, no, porque su melancolía tiempo a, había dejado paso a su pasividad. La idea de volver era una puja entre él y sus recuerdos, una lucha casi interna entre qué es lo que debía y qué es lo que quería hacer.
Todo ello se agrandaba con la idea de no volver a encontrarla, cierto, ¿quién podía asegurarle que vuelta tras vuelta, su pasado iba a ser imperturbable? Pero bueno, él siempre había jugado con su suerte, era un tipo de aquellos que las apuestas se extendían a un orgullo casi enfermizo, siempre en una mesa con tapete rojo, él tranquilo, su ego al otro lado moviendo las cartas de su destino, lentamente, ojo contra ojo, risa contra desesperación, y cada movimiento un reproche, a cada guiño una negación, a cada suspiro una partida...
Tumbado en aquel sofá corroído por el tiempo y el polvo, el techo era el ejercicio de contemplación, la lámpara jugando contra la gravedad ya no osaba encenderse, muerta como él, almas en pena degustando el manjar del tiempo en sus materias. Nadie distinguía ya a nadie, la noche en ese apartamento se hacía más evidente y por evidente, el hombre y su soledad impasiva, degustan la amargura de su sentimiento.
¿Qué esperas volviendo?, ¿qué buscas en la vuelta?, ¿qué deseas que ya no haya pasado? Esas preguntas esperaban respuestas en su mente, arañazos que perduran y no cicatrizan, tan pesadas esas preguntas son, que sepultan a su ego para casi no existir y así llamar a su autocompasión. Y es que cuando aparece, no queda mas que sentarla a su lado, mirarla como te habla y entenderla, si, entenderla, no queda más, sólo por el hecho de que no hay más en ese momento; y cada vez que la entiendes, aumenta tu dolor. Él ya la había entendido tanto, que deseaba que apareciera, quizás en un acto de sadomasoquismo, ella se presentaba y a palabra que profería su corazón sentía la aguja que se clavaba. Era obvio que su mente ya no necesitaba ayuda de su razón, aquí, en el reino de los sentidos y sentimientos, sólo los más sabios tienen acceso, y él, era espectador tangible de todo aquello que pasaba...
Lo cierto es que bajo su pesar, la vuelta siempre era un reconocimiento a que no podía estar sin ella, pero tampoco con ella. Cierto, Barcelona no era el problema, Barcelona era otro de los iconos que la representaba.
Siempre le quedaba su apartamento. Era minúsculo, ridículo, pero a su entrada el templo de los recuerdos lo hacía inmenso, tan grande como vacío, tan frío que de sus paredes el blanco se tornaba de un color impronunciable. Allí yacía, no melancólico, no, porque su melancolía tiempo a, había dejado paso a su pasividad. La idea de volver era una puja entre él y sus recuerdos, una lucha casi interna entre qué es lo que debía y qué es lo que quería hacer.
Todo ello se agrandaba con la idea de no volver a encontrarla, cierto, ¿quién podía asegurarle que vuelta tras vuelta, su pasado iba a ser imperturbable? Pero bueno, él siempre había jugado con su suerte, era un tipo de aquellos que las apuestas se extendían a un orgullo casi enfermizo, siempre en una mesa con tapete rojo, él tranquilo, su ego al otro lado moviendo las cartas de su destino, lentamente, ojo contra ojo, risa contra desesperación, y cada movimiento un reproche, a cada guiño una negación, a cada suspiro una partida...
Tumbado en aquel sofá corroído por el tiempo y el polvo, el techo era el ejercicio de contemplación, la lámpara jugando contra la gravedad ya no osaba encenderse, muerta como él, almas en pena degustando el manjar del tiempo en sus materias. Nadie distinguía ya a nadie, la noche en ese apartamento se hacía más evidente y por evidente, el hombre y su soledad impasiva, degustan la amargura de su sentimiento.
¿Qué esperas volviendo?, ¿qué buscas en la vuelta?, ¿qué deseas que ya no haya pasado? Esas preguntas esperaban respuestas en su mente, arañazos que perduran y no cicatrizan, tan pesadas esas preguntas son, que sepultan a su ego para casi no existir y así llamar a su autocompasión. Y es que cuando aparece, no queda mas que sentarla a su lado, mirarla como te habla y entenderla, si, entenderla, no queda más, sólo por el hecho de que no hay más en ese momento; y cada vez que la entiendes, aumenta tu dolor. Él ya la había entendido tanto, que deseaba que apareciera, quizás en un acto de sadomasoquismo, ella se presentaba y a palabra que profería su corazón sentía la aguja que se clavaba. Era obvio que su mente ya no necesitaba ayuda de su razón, aquí, en el reino de los sentidos y sentimientos, sólo los más sabios tienen acceso, y él, era espectador tangible de todo aquello que pasaba...


